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Pedro Páramo
Cumpliendo la última voluntad de su madre, Juan Preciado acude a Comala para conocer a su padre, Pedro Páramo. Una vez allí lo que encuentra es un pueblo deshabitado, donde el estupor del primer contacto con los escasos vecinos con los que se encuentra deja paso a la conciencia de que está rodeado de fantasmas. Juan Preciado acaba muriendo presa del miedo y desde su tumba aún puede oír las voces de los difuntos que refieren sus propias historias y la de su padre, el cacique todopoderoso que sume a Comala en desgracia al morir su gran amor, Susana San Juan.
Los relatos de El llano en llamas comparten con Pedro Páramo un mismo espacio (el mísero mundo rural del estado mexicano de Jalisco), las mismas coordenadas históricas (todos ellos ocurren en el segundo cuarto de siglo, con la revolución mexicana, la rebelión de los cristeros y la represión subsiguiente) y el mismo espíritu de extrañamiento ante la desolación en la que vive el ser humano, víctima de la violencia y de la soledad.
"«... Todas las madrugadas el pueblo tiembla con el paso de las carretas. Llegan de todas partes, copeteadas de salitre, de mazorcas, de yerbas de pará. Rechinan sus ruedas haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente. Es la misma hora en que se abren los hornos y huele a pan recién horneado. Y de pronto puede tronar el cielo. Caer la lluvia. Puede venir la primavera. Allá te acostumbrarás a los ‘derrepentes', mi hijo.»
Carretas vacías, remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las sombras, el eco de las sombras." (p. 52)
"De los ranchos bajaba la gente a los pueblos; la gente de los pueblos se iba a las ciudades. En las ciudades la gente se perdía, se disolvía entre la gente. «¿No sabe ónde me darán trabajo?» «Sí, vete a Ciudá Juárez. Yo te paso por doscientos pesos. Busca a un fulano de tal y dile que yo te mando. Nomás no se los digas a nadie.» «Está bien, señor, mañana se los traigo.»" (p. 244)
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