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Trece rosas rojas
Apuntaba el 5 de agosto de 1939 cuando trece jóvenes, menores algunas de ellas, fueron fusiladas contra la tapia del madrileño Cementerio del Este. Las tropas del Caudillo acababan de tomar la capital y un régimen que luchaba por asentarse se empleaba a fondo contra todo elemento que, en su lógica revanchista, pudiera suponer una amenaza. Esa lógica se llevó por delante muy tempranamente a más de cincuenta condenados a la pena capital por el delito genérico de adhesión a la rebelión. Entre ellos estaban las llamadas trece rosas, y pagaban su incipiente lucha política al servicio de las juventudes comunistas, que se estaban reorganizando en la clandestinidad. Sus pocos años y su ingenuidad seguramente no les dejaron sospechar la ferocidad del régimen y los riesgos reales a los que se exponían. Pero la justicia militar de Franco fue implacable y quiso infligirles un castigo ejemplar para cercenar de raíz cualquier atisbo de disidencia.
«Yo tenía quince años, pero era valiente. Se dice que los momentos de terror dan al mismo tiempo valor. No lo he comprendido nunca, pero a mí me ocurría así. Mi hermana se moría de miedo, lloraba de una manera atroz y era cuatro años mayor. Yo, en cambio, estaba muy tranquila y serena; por dentro algo se me estaba desprendiendo, me temblaban las piernas, pero no sé si es porque les miraba con tanto odio que me hacía mantener una apariencia normal. Nos hicieron vestir delante de ellos y después de haber hablado con los porteros, que eran totalmente contrarios a nuestra forma de pensar y cuya hija, además, tenía un novio al que habían matado los republicanos, nos llevaron a mi hermana y a mí a la comisaría de Jorge Juan. Allí me encontré con mi amiga Virtudes, que ya había sido detenida, y con otras muchas a las que no conocía (...). Estaba todo muy oscuro, no nos daban luz, pero por la risa reconocí inmediatamente a Virtudes. Era algo especial, un cascabel. Una chica guapísima, morena, con la nariz aguileña y permanentemente alegre. Empezamos a reír como locas al vernos juntas otra vez, sin darnos cuenta de que nos esperaban días verdaderamente horrorosos.» (p. 157)
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