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Mamá llega tarde
A la salida del colegio, Nacho espera, espera y espera... a su mamá, que debería estar allí para recogerlo. Cuando ya se está poniendo un poco triste, aparece la superseño Plastilina, montada en un avión de plastilina, y juntos van a buscar a la mamá de Nacho al mundo de los monstruos Atrasamamis.
«Nacho guardó una lagartija de goma en el bolsillo del pantalón También guardó una galletita mordisqueada.
Y al final, un dibujo que había hecho para darle a su mamá cuando viniera a buscarlo.
Nacho salió de la clase corriendo Miró a todas las mamás, pero ninguna era la suya.
Así que, mientras esperaba, se puso a chutar una pelota.
Y la pelota también le golpeó a él.
Esperó un rato corto y esperó un rato largo.
Esperó tranquilo y esperó impaciente.
Esperó mucho tiempo Hasta que, de repente, se dio cuenta de que ya no quedaban niños en el patio. »
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¿Por qué leerlo?
Como ocurre en la mayoría de los cuentos infantiles, Mamá llega tarde es una historia que parte de la realidad más cotidiana para, en pocas páginas, llenarse de fantasía, imaginación y color. Gabriela Keselman comienza su relato con una escena real y cercana: Nacho sale del cole y espera que llegue su mamá a recogerlo. Pero ésta se retrasa, lo que también forma parte de la vida más actual. En los tiempos que corren, con prisas, tráficos imposibles, trabajos absorbentes, etc., y hasta que no se inventen las supermamás, al estilo de la superseño Plastilina, el hecho de que una mamá llegue tarde no parece extrañar demasiado.
El paso de lo real a lo fantástico se produce, precisamente, de la mano de Plastilina, una seño que es súper, que viaja en un avión de plastilina, como no puede ser de otro modo, y que moldea, construye y amasa todo tipo de objetos de este material. Desde su aparición, el escenario se transforma y, como resultado, aparecen los monstruos Atrasamamis, unos seres poco aterradores que acaban confesando qué ha sido de la mamá de Nacho. Además, lo que la autora nos cuenta ahora deja de ser «normal» y cotidiano para pasar a convertirse en extravagante: trepar por escaleras de plastilina, viajar a través de una ventana de plastilina, tirarse con un paracaídas de plastilina... ¡Cosas que no suelen hacerse todos los días!
Plastilina por todas partes; sí, porque este material es coprotagonista de la historia. En esto tiene mucho que ver su ilustrador: la mezcla entre ilustración y elementos «reales» modelados en plastilina, además de dar vistosidad y originalidad a la imagen, hace que ésta cobre vida. Así, vuelve a quedar patente la unión entre lo real y lo fantástico; un dibujo se complementa con algo tan tangible como la plastilina.
Todo ello da como resultado una historia divertida y colorista en la que se nota la complicidad y el entendimiento entre autora e ilustrador, reflejado en la estrecha relación que se establece entre texto e imagen desde las páginas iniciales. El resultado muestra que no es la primera vez que Gabriela Keselman y Marcelo Elizalde trabajan juntos.
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