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Viaje a la Alcarria
Ligero de equipaje, el viajero sale temprano de su casa. Lleva en su cabeza un plan que el capricho de sus pasos irá alterando, y en su mochila un cuaderno que se llenará de encuentros y paisajes. Por sus páginas va desfilando una geografía de rostros con los que ha compartido un cigarro, un trecho del camino o hasta la manta y el jergón. Son personajes desconfiados y hoscos, hospitalarios y amables; personajes típicos forjados por la dureza de la tierra y personajes extravagantes forjados por el absurdo de la vida. Del buhonero al que apodan el Mierda, al chamarilero que se precia de conocer al rey de Francia; de las hacendosas Elena y María al niño Paquito que una parálisis tiene postrado en su silla... todos ellos van poblando las páginas del cuaderno y dejando en el corazón del viajero la herida que causan los encuentros fugaces y las despedidas definitivas. Junto a ellos, el viajero toma buena nota de la belleza, a veces austera y a veces generosa, de la comarca alcarreña, de sus ríos, sus campos y sus historiados pueblos.
«El viajero escucha cómo el buhonero perdió la pata.
-Ya le digo. El día de San Enrique del año de la República, me dije: Estanislao, esto hay que acabarlo. Eres un desdichado, ¿no ves que eres un desdichado? Hacía un calor que no se podía aguantar. Yo estaba en Camporreal, me acerqué hasta Arganda y me acosté en la vía. Cuando venga el tren -pensé-, Estanislao se va para el otro mundo. Pero, ¡sí, sí! Yo estaba muy tranquilo, se lo juro, pero era mientras no venía el tren. Cuando el tren asomó yo noté como si se me soltara el vientre. Aguanté un poco, pero, cuando ya estaba encima, me dije: ¡escapa, Estanislao, que te trinca! Di un salto, pero la pata se quedó atrás. Si no es por unos de la fábrica de azúcar que me recogieron, allí me desangro como un gorrino. Me llevaron a la casa del médico y allí me curaron y me pusieron el mote al ver cómo tenía los pantalones. Uno de los que me cogieron llevaba la pata en la mano, agarrada por la bota, no hacía más que preguntar: Oiga, ¿qué hago con esto? El médico se conoce que no sabía qué hacer, porque lo único que le contestaba era: Eso se llama pierna, mastuerzo, eso se llama pierna.
El viajero cree más prudente interrumpirle. El buhonero, hablando de la pierna que se dejó en Arganda, había adquirido un aire triste, un ademán cabizbajo.»
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