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«Si el libro desaparece, no pasará nada porque seguiremos leyendo»
10/5/2010
El autor de «La ciudad de los prodigios» y «La verdad del caso Salvolta» va a cumplir 66 años y a estas alturas de su dilatada y exitosa carrera literaria no se muestra demasiado optimista respecto al futuro del libro impreso, aunque sí lo es sobre el destino final de la lectura, «que nunca desaparecerá»...
El formato es lo de menos, vino a decir ayer en su pregón inaugural de la Feria del Libro de Sevilla, que congregó a varios cientos de personas en la carpa de la Plaza Nueva.
Los sueños
Mendoza opina que el libro nunca desaparecerá «porque es el lugar donde los seres humanos podemos desarrollar nuestros sueños». Los setenta libreros que le acompañaban ayer, muchos de los cuales ofrecen muchas de sus obras en las casetas que ayer abrieron al público, se mostraban igual de optimistas que el autor catalán, a pesar de la crisis y de los malos augurios económicos. «El año pasado estábamos aterrorizados porque aún no veía ninguna luz al final del túnel -comentaba a ABC uno de ellos- y al final vendimos más que en 2008. Ojalá pase lo mismo este año».
Mendoza anticipó en su pregón uno de los ejes «intelectuales» de esta feria: el futuro del libro impreso tras la vertigiosa irrupción del libro electrónico, un fenómeno que se extiende a los periódicos y del que habló el autor de «Sin noticias de Gurb»: «Curiosamente, a los libros se les cree mucho más que a los periódicos porque de aquellos no se espera la verdad. En todo caso, la lectura nunca desaparecerá, sea en el formato que sea». «Si el libro desaparece, no pasará nada porque seguiremos leyendo», insistio.
El autor catalán recordó los primeros pasos de los ordenadores: «¡Quién nos iba a decir a los escritores que ese terrible artilugio iba a tener éxito, tan acostumbrados como estábamos a la máquina de escribir!. Pero lo tuvo y a ver quién es el guapo que escribe hoy con una máquina», dijo.
La Plaza Nueva estuvo animada por la mañana con futuros lectores vestidos con su uniforme escolar, acompañados por sus padres, que debieron recogerlos en el colegio para curiosear con ellos por las casetas, recién abiertas al público. No había actividades infantiles, pero sí libros, para todas las edades. Por la tarde, había menos gente, aunque a medida que avanzaba la hora, crecía la animación.
El climax
Y con Eduardo Mendoza llegó el climax. Cientos de lectores y curiosos de todas las edades le esperaban a las puertas de la carpa principal, que se quedó muy pequeña para acoger su pregón. El autor les agradeció así su presencia, a los que estaban sentados y a los que tuvieron que quedarse de pie, para escucharle: «Lo mejor de mi profesión -dijo- es el contacto con los lectores. He oído muchos comentarios de ellos y he escuchado con atención sus preguntas, que siempre he procurado contestar. Cuando me muera pensaré que valió la pena vivir por haber contado con esta cofradía mundial de lectores, porque he tenido la suerte de lograr lectores en países muy distintos, no sólo hispanos, sino tambjén en Turquía, en los países árabes o en Rusia. Eso me ha hecho muy dichoso».
Mendoza es escritor, pero también un bromista, como saben bien sus lectores. Un tipo irónico que se trae una guasa que superaría ilesa la prueba del malecón gaditano, si no fuera porque él es barcelonés de pura cepa y gran aficionado culé: «¡Es duro el oficio de los escritores que tenemos que vivir de la literatura -bromeó- porque cuando estamos en una feria firmando libros como ahora, siempre estamos estresados pensando en cuántos ejemplares tenemos que vender ese día para poder cenar. Si ceno en casa, calculo que por lo menos 17, pero si tienes que cenar fuera son 40 como mínimo. ¡Qué difícil!».
También eligió a un santo veneciano (San Juan Limosnero) para construir su literaria declaración de amor a los libros. «Este santo del siglo XVII, ante de ser santo y limosnero, era muy rico, pero muy tacaño, porque no daba ni un mendrugo de pan duro a los pobres que iban a su casa a pedir. Hasta que un día tuvo un sueño en el que se moría y el Altísimo le pedía cuentas por sus buenas obras y lo mandaba lógicamente al infierno. Cuando el hombre se despertó se convirtió en el tipo más generoso de Venecia y acabó siendo santo»,
Y añadió: «Con el libro a mí me pasa lo mismo. He he sido un tacaño porque no les he devuelto todo lo que ellos me han dado. A veces no los he tratado bien, he regalado muchos y he perdido bibliotecas enteras en mudanzas, pero al final siempre vuelves a ellos: los buscas, los ordenas, los clasificas y los tienes ahí. Haces listas de lecturas de libros que tienes que leer, aunque no siempre las cumplas. Y todo eso te hace feliz. Para mí son mi alimento, como el mendrugo de pan que le pedían los pobres a San Juan Limosnero».
2 | José Cañas Torregrosa - 11/5/2010 - 12:20
Eduardo Mendoza es un lujo como escritor y como persona. A él le debo muchas de las vocaciones lectoras, destiladas de las lecturas que, desde hace tiempo, han disfrutado mis alumnas y alumnos. Por eso la palabra ANIMACIÓN cobra su significado cuando la rodeamos de propuestas literarias de esta índole, en donde la ironia, el misterio, la carcajada sorpresiva, la ternura y el rigor se manifiestan y se vierten en las páginas de esos objetos llamados LIBROS. Del genial y universal maestro admito prácticamente todo, incluso ese leve matiz pesimista en la que se expresa sobre el futuro de los libros. Afortunadamente, siempre quedaran lectores y lectoras comprometidos y convencidos, sobre todo si han bebido de fuentes tan frescas y tan positivas.
1 | Julián de Gregorio Bravo - 10/5/2010 - 18:56
Completamente de acuerdo. Y para qué intentar explicar por qué, con lo bien que lo ha hecho el maestro Mendoza. Eso sí, hasta que la lectura se convierte en ese espacio propicio para los sueños, hay que seguir trabajando con esos lectores aún no bien formados que necesitan de nuestro apoyo, ayuda o impulso.
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