Nicolás, un prestigioso pintor que sufre una larga crisis creativa, hila ante su hija un monólogo en el que cobran especial relieve dos hechos: la detención de dos de sus hijos por causas políticas y, sobre todo, la enfermedad y muerte de Ana, su mujer. Es así como Nicolás construye el retrato de una mujer singular que, en palabras de un amigo, con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir.
«Lo nuestro fue una especie de convenio tácito, con ciertas vacilaciones al principio, pero definitivamente implantado tras la medalla del Salón de Otoño. Ese premio nos cambió la vida. Trajo consigo un despegue y una ampliación de horizontes, que nos indujo a preocuparnos más de mi trabajo, nuestros hijos y nuestro dinero. Ella asumió esta tarea espontáneamente, sin imposición de nadie. Y si yo no le pedí la gestión de nuestras cosas, tampoco consideré machista avenirme a que lo hiciera. La nuestra era una empresa de dos, uno producía y el otro administraba. Normal, ¿no? Ella nunca se sintió postergada por eso. Al contrario, le sobró habilidad para erigirse en cabeza sin derrocamiento previo. Declinaba la apariencia de autoridad, pero sabía ejercerla.» (p. 58)